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Vías para resolver las fallas de la trazabilidad alimentaria con miras a 2028

El brote de ciclosporiasis registrado el verano anterior impactó la cadena de suministro y evidenció los obstáculos que enfrentan las indagaciones sobre patologías de origen alimentario. Las autoridades sanitarias se encontraron otra vez saturadas por el volumen de información, procurando seguir la pista de los lotes afectados previo a la pérdida de los indicios materiales.

Este escenario crítico, ya experimentado con anterioridad, llega tras un retroceso regulatorio de gran alcance. A inicios del año en curso, el Congreso postergó al 20 de julio de 2028 la entrada en vigor obligatoria de la directriz sobre trazabilidad alimentaria (Sección 204 de la Ley FSMA de la FDA estadounidense), argumentando la falta de preparación del sector. No obstante, el dilema de fondo estriba en un error estructural: se diseñó un esquema de rastreo sumamente intrincado para operar eficazmente en situaciones de urgencia.

Al entrelazar los Eventos de Seguimiento Crítico (CTE) con un catálogo interminable de Elementos de Datos Clave (KDE), las entidades reguladoras solicitaron a los actores del ramo alimentario registrar pormenorizadamente cada hoja de cada árbol antes de contar con un plano general del bosque.

Es momento de descartar definitivamente los KDE. El motivo reside en que la trazabilidad constituye primordialmente un reto de logística en red, no una práctica de aseguramiento de calidad.

Imponer a cada sede el deber de recopilar y estructurar de continuo datos específicos (tales como identificadores de operarios, coordenadas geográficas de cultivo o variaciones térmicas de almacenaje) en cada traspaso ocasiona una fricción considerable sin aportar agilidad. Más aún, estas relaciones fijas de datos clave resultan excesivas para la operatividad cotidiana e insuficientes frente a una emergencia auténtica.

En el curso de una pesquisa epidemiológica, el personal investigador jamás utiliza una pauta invariable: exige documentos corporativos puntuales y exhaustivos según lo determinen los hallazgos.

Resulta indispensable separar la dimensión logística de la labor forense. El propósito único del esquema de rastreo tendría que limitarse a esclarecer con extrema celeridad una sola duda: ¿en qué punto ingresó el agente contaminante al circuito de distribución?

Si se descartan los KDE para priorizar únicamente los CTE estandarizados y sistematizados —aquellos que recopilan estrictamente la identificación del producto, el lugar y la marca temporal («¿qué?, ¿dónde?, ¿cuándo?»)—, será factible estructurar una red dinámica que resguarde la confidencialidad.

Un modelo elemental de funcionamiento correspondería a una estructura federada sustentada en «ping y consulta». Cada eslabón de la cadena opera un servidor propio y ligero dedicado a eventos CTE. Frente a un brote, los inspectores sanitarios acreditados lanzan una interrogante a la red: «¿procesaron el producto X?».

Aquellas terminales con respuesta afirmativa comparten de forma automatizada únicamente los vínculos de eventos inmediatos hacia atrás y hacia adelante. La plataforma efectúa consultas sucesivas hacia los niveles precedentes, reconstruyendo los trayectos nacionales del alimento en cuestión de segundos. En tanto no se detecte el punto de coincidencia, la información comercial estratégica permanece reservada y se prescinde de un registro gubernamental unificado, manteniendo cada operador la custodia y titularidad sobre sus registros.

Bajo este esquema simplificado, el flujo de datos durante la etapa de localización es mínimo, ágil e íntegramente automatizado. La estrategia prioriza análisis periciales específicos en lugar de una vigilancia masiva.

Únicamente cuando el entramado automatizado de CTE localiza una zona de confluencia —sea un campo de cultivo, una planta procesadora o una empresa distribuidora particular—, las autoridades ponen en marcha los requerimientos forenses precisos. En ese instante se solicitan las constancias indispensables: registros de turnos, historiales de desinfección, perfiles térmicos, tomas de muestras del entorno, códigos de lote, entre otros. De este modo, los integrantes de la cadena ajenos al foco quedan liberados del engorroso envío rutinario de expedientes, al tiempo que las instalaciones involucradas afrontan una revisión expedita y rigurosa.

La prórroga fijada para 2028 brinda un margen valioso, siempre que se emplee para rectificar la perspectiva de base. Pretender digitalizar múltiples campos de KDE en millones de operaciones conducirá al mismo desenlace fallido al llegar esa fecha.

A fin de reorientar el rumbo, el IFT y la FDA deberían estructurar un comité especializado integrado no solo por especialistas en inocuidad alimentaria, sino por perfiles técnicos en criptografía, bases de datos descentralizadas, tecnologías de la información corporativas y logística. Este colectivo tendría la misión de examinar las alternativas y plantear un esquema de CTE viable tanto para el aparato gubernamental como para las empresas.

El planteamiento federado de ping y consulta expuesto representa apenas una muestra accesible de lo que se puede alcanzar al dejar atrás la complejidad de los KDE. Corresponde ahora convocar a los diseñadores de sistemas, priorizar la consolidación de una red automatizada de CTE y suministrar a los equipos de investigación la rapidez indispensable para todos.

Fuente: IFT

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